viernes, 9 de enero de 2015

Inicia el Tour del Desamor Narrativo



Comienzan las clínicas y talleres de periodismo narrativo de 2015. GkillCity, la revista digital de Ecuador, inicia las ediciones de Kill Your Darlings a mediados de enero en Guayaquil. Pocos días después es el turno de Quito, también con auspicio de GKC. En medio, dos charlas académicas en la Universidad Casa Grande y la Universidad de las Américas. Cierra enero Ciudad de México con su séptimo KYD.

Desde febrero se alinean las novedades: Washington DC, Miami, Monterrey y São Paulo están en la nómina de ciudades tentativas para KYD 2015. En conversaciones preliminares, España, Costa Rica, Chile, Colombia y Alemania. El Salvador será sede de uno de los talleres durante el Foro Centroamericano de Periodismo.

Quien desee más información sobre las clínicas, talleres y charlas puede consultar aquí. Para conocer la opinión de los participantes, pulse aquí.



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miércoles, 7 de enero de 2015

Charlie y la sonrisa


Hay un meme con un lápiz en el cañón de un fusil. Arriba dice "Je Suis Charlie". Simpático, piola y está bien, pero creerlo es vano.
La prensa no va a detener la violencia. 
A los radicales no les importa el bien común, nuestras ideas: les importan ellos y las suyas.
Lo cual no quiere decir que debamos retroceder. El valor de la prensa libre es seguir haciendo lo que hacemos *a pesar* de todas esas violencias. Es deber del Estado detenerlos; el nuestro, informar, discutir, poner en contexto. Incluso, burlarnos.
El humor es tan inocente como efectivo, inteligente y elegante. Que lo cultivemos desde niños tiene una razón: está destinado a nacer sin frontera ni censura. Charlie Hebdo se ha burlado de todos: derecha, izquierda, musulmanes, judíos, negros, multiculturalistas, el Papa. En ocasiones, sus chistes me han parecido demasiado sacados y torpes, pero el humor satírico está hecho para probar nuestros límites. Si no te gusta y eres razonable, los criticas, no los matas. Mark Twain, dicen, se divertía con esta frase: suponga que usted es miembro del Congreso y ahora suponga que usted es un idiota, pero creo que me repito. Si alguien fuera tan lineal como para creer la frase de Twain, las elecciones se habrían abolido hace ya tiempo, Obama sería un abogado comunitario en Chicago y el Congreso sería un museo —que tampoco es mala idea, porque está cerca con tanto carcamán de bronce anclado allí por décadas.
Estoy de acuerdo con un tuit de Hernán Iglesias Illa: el debate es interno al islam, así también lo exceda. Es entre democracia y medioevo. Fallaron las revoluciones en muchos países árabes. No instauraron la democracia occidental, pero se abrió la grieta y las sociedades de esas naciones quieren *alguna* democracia. La suya, que no sabemos aún cómo es. Las castas fanáticas resienten eso.
Yo no sé si la masacre en Charlie Hebdo responde a la lógica de la bestia acorralada que ataca cuando ya no tiene más salida. Desconozco si golpean por desesperación o por convicción. En cualquier caso, deben ser castigados. Los fanáticos no tienen interés en ninguna convivencia: sólo se plantean el sometimiento de lo diferente a su verdad absoluta, o su eliminación.
Es necesario que pongamos la cabeza bajo la ducha fría. El problema no son los musulmanes ni es el humor ácido de una publicación. Tampoco lo es el autor que crea un mundo distópico donde Francia es presidida por un islamista radical como no lo fue aquel que escribió sus versos satánicos. La cultura musulmana no genera el odio por default. Son líderes, grupos, minorías circunstanciales y dictaduras brutales y fanáticas que operan sobre mayorías silenciosas y silenciadas.
Vuelvo al inicio. Ese meme me hizo acordar las imágenes de Vietnam, cuando los chicos hippies ponían flores en los caños de los fusiles. No detuvieron ellos las guerras, así el símbolo haya sido, producto de la selección y el recorte, una imagen triunfadora. Fue el cambio en el balance político, producto de la presión general de la sociedad y los medios. Pero cuando Vietnam, cuanto menos, había un gobierno relativamente razonable y con algunos valores que, más o menos, compartimos.
Ahora, de aquel lado, están las bestias. Pura sinrazón.
Estoy molesto y sé que debiera tomar ya esa ducha fría que pido, pero la sangre en los dedos me reclama venganza. Y esta es la única que tengo a mano, escuchen: el lápiz no detendrá al fusil, pero usémoslo para ganarles con la cabeza.
Honren a Charlie Hebdo con inteligencia.
Rían, sonríanse, búrlense.


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viernes, 19 de septiembre de 2014

Kill Your Darlings comienza en Ciudad de México

Un día de agosto de 2014, un grupo de periodistas que participaron de mi taller en Ciudad de México me consultó si daría una charla para un conjunto reducido de personas. La idea consistía en reunirse en una casa o en un bar con una sola misión: tomar un texto y editarlo, palo y palo, hasta dejarlo en un estado cercano a la redondez.

Envié invitaciones personales y en menos de un día la Clínica de Edición “Kill Your Darlings” tenía sus diez sillas cubiertas. Entonces sucedió lo impensado. Un colega contó sobre KYD a otro y éste a un tercero y en apenas unas horas más un nuevo grupo estaba listo para tener su propia Clínica. Más aun, el grupo inicial había crecido hasta la docena de miembros.

El cuento largo corto es simple: la marea no se detuvo y, en apenas diez días, cuatro ediciones de KYD tenían cupos llenos en septiembre, octubre y diciembre. Una quinta y una sexta experan turno, tal vez, para enero y febrero de 2015.


La experiencia inició en Ciudad de México en septiembre de 2014 y ya tiene réplicas previstas en noviembre en Quito y en enero de 2015 en Guayaquil.

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lunes, 8 de septiembre de 2014

"Crecer a golpes" en Cornell University

El 8 de septiembre, invitado por el Programa de Estudios Latinoamericanos, el College de estudios regionales y el Comité de relaciones Estados Unidos-América Latina, Diego dio una presentación sobre Crecer a golpes en el Uris Hall de Cornell University, en Ithaca, NY.

Cornell, una de las universidades miembro de la prestigiosa Ivy League, recibió a Diego con estudiantes de pregrado y posgrado y profesores de estudios latinoamericanos y de literatura, economía y política. Diego ofreció la charla Disco rayado como parte de su análisis sobre los procesos de degradación institucional de varias democracias latinoamericanas tras el golpe de Estado de Augusto Pinochet en Chile y la posterior recuperación del Estado de derecho en los años ochenta y noventa.

El escritor boliviano Edmundo Paz Soldán, profesor de Cornell y uno de los directores del Programa de Estudios Latinoamericanos, fue el presentador oficial de Diego, alma máter del encuentro y el principal organizador de la reunión.

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lunes, 25 de agosto de 2014

Q&A: “Mi trabajo es llegar siempre tarde a los hechos”

Una entrevista con El Telégrafo, de Ecuador, sobre el proceso de edición. La entrevista tuvo dos momentos: primero, una conversación en vivo con Vanessa Terán, la reportera del periódico; luego, amplié algunas definiciones por correo electrónico. 

El texto completo, aquí; un extracto, debajo: 

“El problema del periodismo es tratar de encontrar la verdad última de las cosas, que nunca es la verdad última de las cosas. Las historias jamás terminan porque las miradas sobre las historias no terminan. Una historia que podemos considerar resuelta y perfectamente bien contada, 30 años después puede ser mirada desde otro lugar. Mi problema, el problema que tenemos todos los periodistas, es cómo trabajar con la indeterminación de la verdad y cómo trabajar con la indeterminación del lenguaje para contar esa verdad. Esa búsqueda, que es un problema epistemológico, va a empujar la acción del periodista, aunque su meta sea imposible”.

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domingo, 29 de junio de 2014

Ben Williams, El Maestro



Es, casi, un meme: Albert Camus dijo que el fútbol le enseñó cuanto sabía de moralidad y obligaciones de hombre. Hay en la asociación colectiva alrededor de una pelota indiscutibles enseñanzas sobre solidaridad y compañerismo para alcanzar una meta. El fútbol enseña mucho y bien a manejar los tropiezos y derrotas. En sus charlas para ejecutivos, el ex campeón del mundo y técnico del Real Madrid, Jorge Valdano, suele trazar infinidad de paralelos narrativos entre los clubes y la organización de las empresas. Uno de los entrenadores más didácticos, Oscar Tabarez, fue maestro de tres escuelas primarias de Uruguay. Por eso no debiera sorprender que árbitros como el estadounidense Mark Geiger o el australiano Ben Williams enseñen, también, en las escuelas.

En Australia y Estados Unidos el fútbol tiene buen pie entre los niños y los adolescentes y Ben Williams lo ha enseñado en Canberra, en el sureste australiano, donde es profesor de Educación Física y Salud, Educación al Aire Libre y Bienestar Estudiantil de la Belconnen High School de Hawker. Cuando lo nominaron para Brasil 2014, los estudiantes le echaron porras, ganas, emoción: no cualquiera envía al profesor que enseña a patear el balón a pitar a Messi, Neymar y otros marcianos cuyas jugadas aprenden. Williams —Canberra, abril 14 del ’77— es uno entre varios referís con poca experiencia internacional provenientes de ligas poco competitivas de Asia, África o América Latina, favorecidos por la política de cupos para minorías futbolísticas de la FIFA. En la misma situación están árbitros discutidos como el neocelandés Peter O’Leary o uno de los mejor rankeados a nivel internacional, el uzbeko Ravshan Ermatov. 

Dirigir en las ligas del fin del mundo es una experiencia que no se ve entre equipos de Champions League. El árbitro hace equilibrio entre seguir el juego by the book, mediar entre jugadores ralos de técnica y gordos en expectativas y una angustiante escasez de medios. En una ocasión, El Maestro Ben debió arbitrar en Tashkent un partido entre el local, Uzbekistán, y Australia. Sin vuelos directos, el viaje duró cuarenta horas y, para cuando aterrizó, la capital uzbeka estaba en medio de una tormenta gélida, tapada de hielo a diez grados bajo cero. El campo tenía medio metro de nieve que una docena de ancianas barrían con viejas escobas de paja. El partido tuvo por espectadores a cien personas y doscientos policías y guardias de seguridad. Al término, El Maestro Ben llegó al hotel y recibió de cena un suculento pedazo de lomo de caballo. “Soy muy afortunado de vivir estas experiencias”, dijo cuando le preguntaron por enjuiciar en la clase turista del fútbol. 

Para muchos de esos árbitros —y jugadores— del fútbol menor, participar de la Copa del Mundo es un sueño Disney vuelto realidad. El mismo Ben Williams ha contado que tiene el mejor asiento de la casa para ver cada partido. Hay algo simpático tanto en la alegría contenida como en la marcialidad exagerada con que toman decisiones muchos referís formados en los extramuros del gran juego. Quieren probar que pueden y a veces exageran la nota y sancionan con exceso. O, por la otra vía, se esfuerzan para ocultar al fan que quisiera pedirle su firma en la camiseta a la estrella del año. Cuando entró a arbitrar a Holanda, la prensa británica vio al referí de Gambia Bakary Gassama tan entusiasmado como uno de los niños de Fair Play que acompaña a los jugadores para los himnos. ¿El lugar en el fútbol de Ben Williams? “Una de nuestras frases preferidas”, dice, “es ‘espera lo inesperado’”. 

Cuando supo que estaba preclasificado para Brasil 2014, El Maestro Ben regresó a la excitación de sus años mozos. Estaba en el hotel tras arbitrar un partido en Dubai por la Liga de Campeones de Asia cuando, en plena madrugada, tomó la llamada de un amigo de Australia que le informó que la FIFA lo tenía en mente para el Mundial. Los asistentes llegaron unos segundos más tarde en pijamas, corriendo por los pasillos con las pantallas de sus celulares iluminadas con un mensaje de texto similar. Los tres se abrazaron a los saltos, gritaron como ganadores del premio gordo y, sin demora, atacaron el minibar como adolescentes en viaje de fin de curso. Algo borrachos y muy felices, recién se durmieron en el vuelo de regreso a Canberra, en algún punto por encima del Oceáno Índico. 

En «Waking Ned Devine», un pequeño pueblo británico hace triquiñuelas para cobrar el millonario billete de uno de sus habitantes, que murió después de recibir la noticia de que era el ganador de la lotería. Los árbitros deben evitar su muerte deportiva cuando el ticket premiado los pone en la Copa del Mundo. Ya no son cuarentones fumadores como cuando hasta los futbolistas jugaban con la panza llena del whisky de la parranda del sábado. Ahora son atletas que conocen la ecuación del negocio: sin oxígeno, el cerebro no ve el penal a dos metros de distancia —un error crítico para referís cuyo futuro depende de cada partido. El Maestro Ben cumplió con el mandato de la FIFA para estar a la altura de los acontecimientos, así que por dos años cambió el sofá de la sala por el gimnasio, las pistas y los campos bajo la lluvia y el frío. Gastó dinero de sus ahorros y millas y viajó a varios campos de entrenamiento ubicados en distintos climas de Australia. Puso la cabeza en manos de psicólogos deportivos y, en vez del PS3, se preparó para los tests con la trivia de la FIFA “Las leyes del juego”, adivinando los offside en partidos virtuales en la TV familiar. Williams tomó una licencia y renunció a seis meses de salario en la escuela para ser un mejor referí y evitar parecerse a Ned Devine, un premiado muerto antes de tiempo. Tanto vale el cielo del referato. “Es un poco extraño ver que tu quincena viene llena de ceros, pero es un sacrificio que vale la pena para una oportunidad que tienes una vez en la vida”, dice el ganador viva de la lotería de la FIFA. 

Técnicos como Louis Van Gaal son duros con los referís de ligas pequeñas en grandes partidos, a quienes parecieran suponer monos con ametralladoras sueltos en un centro comercial. El Maestro Ben, que no entra en la categoría de árbitros aceptables para el holandés explosivo, vive con esa demoledora conciencia de que cada partido es un examen final. “Una decisión puede terminar una carrera”, dijo antes del Mundial. Mal para su legajo, el arribo de Ben Williams a Brasil 2014 llegó precedido por un boletín de malas notas. En la A-League, el campeonato australiano, y la clasificación asiática a la Copa del Mundo, ha acumulado tensiones. Rojas apresuradas y faltas inexistentes están en la primera línea de las reprobaciones. El mejor árbitro de Australia durante 2013 expulsó dos jugadores de Malasia cuando se jugaba la clasificación a Brasil 2014 contra China. Malasia quedó fuera de la discusión y su técnico pidió a Ben Williams bien lejos de toda pizarra. “Nunca he visto un referí así en el mundo”, dijo Rajagobal Krishnasamy. “Algo anda mal con él: debiera buscar ayuda médica”. 

El Maestro Ben dice ser maestro hasta en el campo. Conversa el partido, explica las decisiones. Se ha convencido de que es un facilitador, como en sus clases. Gusta crear una relación cordial con los equipos desde el comienzo, porque eso es dinero en el banco cuando el juego se hace volátil. Es la cancha como un aula: fíjense las reglas de comportamiento para que cada jugador, una especie de alumno en probation, elija de qué modo quiere pasar el día. Ben Williams disfruta los partidos donde todos pueden reír un rato, pero si las cosas queman echa mano pronto a las tarjetas —en Australia, en promedio, envía un jugador a las duchas cada 270 minutos. Cuando toque, no tirará toda la artillería sobre un jugador enojado, porque sabe que aumentará la tensión: serenidad y confianza, dice Ben Williams, que todos se calman con el tiempo. Eso, y lo que un buen muchacho de pueblo sabe bien —no hay sustituto para el trabajo duro— son sus reglas para mantener la pax romana del campo de juego. El Maestro Ben aprendió de su padre que nadie hará el trabajo por ti y que mejor te prepares siempre para aprender. “No trates de ser quien no eres, pero trata de crear nuevas estrategias que te acomoden”, aconseja con tono de maestro de aula y cancha. “Y sobre todo, disfruta el partido porque, después de todo, por eso estás ahí”.

Árbitro de Australia en Brasil 2014.

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jueves, 26 de junio de 2014

Djamel Haïmoudi, El Solitario


Cada vez que el nadador árabe Obaid Al-Jasmi se lanzaba a la piscina a bracear por horas, lento como una vaca en un campo, su única compañía eran un puñado de canciones que tarareaba en silencio y la repetición de sus conversaciones consigo mismo. Un nadador es un eremita húmedo capaz de elaborar un monólogo existencial allí donde no es posible hablar ni, menos, respirar. El agua es antinatural, no está hecha para nosotros y, sin embargo, es flotando en ella, más livianos que nunca en la Tierra, que estamos más próximos a remedar la calidez del útero. Para lo bueno y malo, hay muy pocos deportistas con tanto tiempo para estar solos con su cabeza que un nadador. Fuera de su cerebro, sólo tiene junto a él una línea negra en el fondo de la piscina —una delgada, rectísima, línea negra. 

Los referís son los nadadores del fútbol. En un juego donde los demás compiten contra otros, el árbitro navega el campo apenas acompañado de lo que su mente produce. Debe dar golpes de autoridad inmediatos —como el corredor de pista corta— pero regular para no cargarse todo el partido demasiado pronto —como el nadador de larga distancia. El árbitro se mueve en un carril único, un I/O de una sola decisión: acierto/error. Con el primero va a flotar sobre el partido, facilitando el juego; con los otros, se llevará el juego con él. Djamel Haïmoudi —Orán, diciembre 10 del ’70— es ambas cosas, referí y nadador. Haïmoudi nadó desde niño hasta que su cuerpo marcó el límite cuando quiso tener un lugar en la competencia. Chad Le Clos, el campeón sudafricano que rapiñó un oro de los Juegos Olímpicos a Michael Phelps, mide casi 1.90, pero el voluntarioso Haïmoudi llegó a la adolescencia con apenas 1.75, demasiado poco para lanchas rápidas con brazos de la alta competencia. Hoy, el árbitro que nadaba dice que dios —Alá— lo puso en el camino indicado para superar la desolación a la que lo llevaba la salida del agua. Y eso fue el arbitraje, la actividad más parecida a la natación que encontró: se invierte mucho tiempo solo en conseguir algo —o nada. 

El Solitario Haïmoudi actúa como (y parece) un tiburón. Tiene la severidad escrita en la frente y los ojos oscurísimos del escualo. El hombre es seco, dueño de esos cuerpos armados por una selección precisa de músculos después de desechar toda la grasa. Tanta tensión hay en su voz y fibras que El Solitario Haïmoudi parece en estado de guerra aun en calma. Aunque conversa los partidos, no es un tertuliano. Si sonríe se afloja, pero —¿ese es el problema?— sonríe poco. En el campo, como un nadador que sabe que en el agua no se habla, lo hace casi nunca: el árbitro de Argelia cobra hasta el aire que respiran los futbolistas. Roce, raspón, patadita de medio campo: amarilla. El Solitario Haïmoundi es inflexible —cómo no— con los piletazos y, como buen nadador, ama la disciplina y el orden. Todo debe ir recto, al modo de las braceadas. 

Djamel Haïmoudi nació al borde de la soledad, justo frente al mar, en Oran. Oran fue, por siglos, puerto de entrada y salida entre el Mediterráneo y el mundo. Por esa condición, la hicieron objeto de lo sublime y objetable de la humanidad. Vuelta y revuelta por los corsarios, los españoles, el Imperio Otomano, nadie la dejó sola una vez y la sometieron al desespero. Las pestes que vaciaban el mundo en la Edad Media diezmaron su población una y otra vez. Francia, que abandonó Argelia recién en 1962 tras una guerra de ocho años y una ocupación de 130, fue el punto final de la desolación de la ciudad. Albert Camus vivió en Oman y la retrató envuelta por la sordidez, el abuso, la pérdida de esperanza y la irracionalidad de la vida. «La plaga» es una novela donde todo el mundo, poco a poco, se va quedando solo. 

El Solitario Haïmoudi es un hombre orgulloso, no pocas veces altanero. Recuerda a quien pueda sus logros en el campo y dice que su gusto por el arbitraje le permitió establecer una reputación en África. Jamás ocultó su avidez. Los psicólogos deportivos suelen decir que los nadadores —en especial los de larga distancia— deben desarrollar una fuerza de voluntad capaz de soportar los tropiezos de carreras que no otorgan satisfacción inmediata. Esos cables están en el cerebro de Djamel Haïmoudi, que siempre planeó a largo plazo. “Todos tienen un sueño siendo pequeños”, dijo una vez. “Yo quise arbitrar a nivel internacional, y cuando lo logré, quise dirigir la Copa de África, y no quedé satisfecho con eso: seguía con hambre de fama y un montón de ambición”. 

El referí argentino Horacio Elizondo solía decir que los árbitros sienten cada buena decisión como un jugador el gol. Es posible que El Solitario Haïmoundi haya festejado varios de esos goles de referí —en silencio, sin quien abrazar, braceando en las aguas largas. Dos veces fue elegido el mejor referí de África y ha dirigido todas las copas importantes del continente. La FIFA le dio relevancia año tras año. En 2012, aceptó dirigir en el Mundial de Clubes el primer partido donde el ojo de águila techie empleado en el Mundial de Brasil comprueba si un gol es gol. El Solitario Haïmoudi siguió el encuentro como pez en el agua, anotándose en la historia como el referí que probó el sistema que podría enviar a los referís a la desoladora prescindencia. Djamel Haïmoudi es el misántropo que no encaja con su época en «El Extranjero» de su vecino Camus. Y tal vez por eso, cuando todos en Argelia esperaban que hiciera valer su estatus de figura nacional, anunció que al término de Brasil 2014 no cuenten para nada con él. El Solitario Haïmoudi se retirará antes de cumplir los 45 y se tomará un tiempo de tranquilidad. Su regreso a los campos de juego será en el papel de entrenador, un tipo de vida solitaria, incomprendida hasta la extenuación —otro nadador del fútbol. 

Diana Nyad, quien a los 64 años unió las 80 millas que separan Cuba de la Florida, contó que para ella la natación siempre fue comparable a escalar el Everest, un ejercicio de razas aparte. Nyad cree que el nadador es el resultado de un equipo, así , aunque sea ella sola quien deba poner el cuerpo a las aguas. Igual sucede con el arbitraje. Como la mayoría de los referís FIFA, El Solitario Haïmoudi ha trabajado por años con dos árbitros asistentes de confianza con la meta de llegar a Brasil. Sabía qué se jugaba: desde 1990 ningún referí argelino usó el pito en un Mundial. En 2010, su compatriota Mohamed Benouza no pudo llegar a Sudáfrica porque uno de sus jueces de línea reprobó las pruebas físicas. El afanoso Djamel Haïmoudi no correría ese riesgo y se ejercitó con los suyos hasta tres horas diarias. Luego él se dio días extra de trabajo hasta bajar la grasa del cuerpo al mínimo. Su rostro salió de esas palizas más acerado que nunca, su mirada más oscura y honda. Djamel Haïmoudi tenía claro que sin su equipo no habría Mundial, pero una vez allí, todos los ojos estarían sobre él. El Solitario llegó a Brasil 2014 como un nadador veterano que se sabe ante sus últimos Juegos Olímpicos. Solo él y su braceada ante la historia.

Árbitro de Argelia en Brasil 2014.

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miércoles, 25 de junio de 2014

Carlos Velasco Carballo, El Domador


Un caballo se rebela con facilidad. No acepta injusticias. Si pone la cola baja es porque desconfía. Cuando eche las orejas adelante estará atento; si las baja, lo tomó la depresión. El caballo alfa va a empujar a otros en la manada: así demuestra autoridad a los sementales emergentes y, de paso, ordena por dónde han de caminar unidos. Para domar a un caballo hay que ganarse su confianza, conocer por qué está testarudo, qué necesidad tiene. Si bufa, hay contentura; si muge, teme; si gruñe, se duele. Un caballo puede hacer mucho por su amo, pero no gana todo por él e igual el patrón se rinde a su lealtad.

Dice Carlos Velasco Carballo —Madríz, marzo 16 del ’71, ingeniero industrial y referí— que un partido de fútbol es un potro bronco. “Arbitrar es como domar un caballo”, dijo hace un tiempo a Proyecto Panenka. “Debes tranquilizarlo, estabilizarlo y finalmente galopar encima de él”. La metáfora es un tanto compleja y bastante incompleta: veintidós egos —veintidós personas— han sido reducidas a una sola bestia. El partido como dinámica cesa de poseer conflicto: si es un caballo, se amansa por las buenas o por las malas. Si para el Domador Velasco Carballo el partido es un animal, los jugadores son nada más que músculo, nervio y un poco de cerebro. Las patas, las orejas, los ojos gordos del caballo. Algo, pero nunca un ejercicio inteligente. Este es el fondo de la metáfora: el único que piensa es quien domina; el resto —el animal, el partido, sus jugadores— obedecen o al corral. 

El Domador Velasco Carballo es un árbitro conservador y dominante. Gusta vestir de negro y no tiene aprecio por silbatos o botines de colores. Es árbitro de tierra dura. Siente orgullo de hombre de buena madera —joer— porque sus primeros años como referí fueron en campos con barro hasta las rodillas y se liaba pardo en partidos reventados a pierna y puño. La policía debía escotarlo fuera de los estadios y todas las semanas él veía llegar al Colegio de Árbitros una nueva denuncia de referís fajados o amenazados. Esas experiencias le reafirmaron que los árbitros eran tipos corrientes, capaces de enojarse pero también de reír como cualquier chaval. Aprendió por sí solo que, a diferencia de lo que creía de pequeño, los referís no son caballos ariscos. Como son los domadores, hacen pis y juegan al mus. 

Al Domador Velasco Carballo le gusta el trote. No interviene en los partidos y facilita que el juego fluya. La ley de la ventaja ha de ser su regla preferida del fútbol. El engaño y piscinazos lo cabrean y yn golpe por descuido, para él, es imprudencia. En España se corta el juego ante la falta leve pero cada vez que ha salido a Europa, él ha dejado que los partidos alcancen su potencial —en la metáfora: ha permitido a la bestia correr la pradera. Es un árbitro de UEFA, poco afecto a las tarjetas y las expulsiones, pero los británicos —más acostumbrados al juego abierto— lo observan intervencionista, como si quisiera poner a pastar a la tropa en plena carrera. Un ex gerente de los referís ingleses, Keith Hackett, ha dicho que El Domador Velasco Carballo saca tarjetas más rápido que un mago.

Un árbitro ocupa el pequeño panteón de los receptores seguros de críticas junto a empleados públicos y los telefonistas de los departamentos de quejas de la TV por cable y el celular. Pero El Domador Velasco Carballo es reconocido por su disciplina en España, donde fue elegido mejor pito en 2009, 2011 y 2013. Él dice que ha inseminado su arbitraje con la planificación metódica de su primera profesión, la ingeniería industrial, que dejó en 2010 para dedicarse por completo a pitar jugadas, pero aun así no puede olvidar que sus venas llevan sangre y no líquido de frenos. Un padre normal teme que sus hijos vuelvan del colegio con malas notas, pero Carlos Velasco Carballo sufre porque los atormenten con los penales que dejó pasar el padre. 

Al referí que en cada partido ve un rodeo en manada le irritan la irresponsabilidad y la falta de criterio. Su relación con la prensa tiene simpatías cortas. Con sus compañeros escucha la radio y se burla de las tonterías que dicen los periodistas que no conocen ni la carátula del reglamento del fútbol. “En una entrevista dije que los árbitros dedicamos más tiempo al entrenamiento que un futbolista y los medios de comunicación publicaron al día siguiente que yo dije que nos esforzábamos más que ellos”, dijo. “Se coge todo con papel de fumar”. 

La relación de un dueño con su caballo puede ser más cercana que con la mascota familiar. Dice la leyenda que Napoleón dejó ir entre lágrimas a su tordillo árabe Marengo, compañero de todas sus batallas, después de que los británicos lo vencieran en Waterloo. A la muerte de Bucéfalo, Alejandro hizo tallar una estatua y nombró una ciudad en su honor. Calígula esposó a su Incitatus con una mujer y lo nombró senador de Roma. Carlos Velasco Carballo vive de un modo similar la relación con su potro. El Domador Velasco Carballo pasa días buscando detalles en las reglas del juego, de modo que cuando mira fútbol por TV, no se deja atrapar por el hervor del juego sino por su flujo. Tres días después de un partido, el referí pasa el video de las jugadas a su computadora y lo edita en microdocumentales que ve con sus asistentes. Lleva una planilla de Excel con su estadística personal: errores de posición, tarjetas, movimientos por mejorar. Como si fuera el repaso de un examen, estudia esa hoja antes de ir al campo. 

El Domador Velasco Carballo sabe que hizo bien su trabajo cuando la prensa y la afición lo ignoran. El éxito de un referí es el mismo del domador real de la bestia: desaparecer tras el buen resultado. Cuando falla, alguien lo hace saber de inmediato. El Domador Velasco Carballo dice que puede distinguir la sangre en los ojos de los futbolistas —¿el alazán retobado?— tan pronto como quince segundos después de haber metido la pata, pero también sabe desprenderse del error de inmediato. Si los errores acompañan más allá de un día, ese árbitro está frito. “No sobrevives si permanecen más”, ha dicho. “No sirves para esto”. 

Después de dirigir, el Domador Velasco Carballo vuelve a casa tan excitado que apenas puede dormir. Cuando no está en la cancha, ve cuatro partidos el fin de semana y lo que se juegue entre semana. Es un romántico de la previa y el pos partido. Puede tragarse un bodrio de tercera regional nada más para juzgar las posiciones y decisiones del referí pues sabe que, si el Barcelona compite con el Real Madrid, él lo hace con otros árbitros. Como un especialista en caballos de carrera, que no observa la competencia por amor, él estudia el movimiento de cada bestia en el campo. Hace su tarea, que es lo necesario de un árbitro: saber la ley y saber la trampa. Saber qué caballo será bueno y cuál el manco. “El patrimonio de un árbitro es el acierto”, dice. “Si aciertas, Mundial, primera división, Eurocopa… Si fallas, adiós”. El juego pleno: domar o ser domado por la bestia.

Árbitro de España en Brasil 2014.

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sábado, 21 de junio de 2014

Bakary Papa Gassama, El Enviado



Piensen en una vieja película en África. Hay tufo, colores arenosos, camisas de lino; un bwana de sombrero chindit y bermudas; un millón de negros sonriéndole la limosna a la recién llegada dama blanca con capellina, que levanta las manos como si fuera a tocar mierda. Miren, al fondo, al gran jefe de la tribu: ancho, multicolor, una sonrisa de mil dientes nacarados, docenas de gigantes armados y un par de chicas de piernas largas a disposición. Todos bajan la cabeza, el jefe avanza al centro del cuadro y saluda al amigo británico, que puso en su garaje un coche nuevo por los servicios prestados a Su Majestad. Cut. Piensen ahora en “El último rey de Escocia”, “Congo”, incluso “Hotel Ruanda” o “Diamantes de sangre”: África sigue expuesta como dominio de warlords y la barbarie. La civilización se detuvo, parece, en la costa norte del Mediterráneo. 

Esa es, en alguna medida, la imagen que predomina de Gambia, una nación donde, diríase-diríamos, los monos se roban las bananas de un puesto ambulante y se echan a corren por las calles esquivando los autos viejos y el Mercedes del gran jefe mientras una multitud de morochos vestidos con la camiseta del Milan mira sin hacer nada. Como marco general, un policía persigue a los monos agarrándose los pantalones mientras hace sonar un silbato; el policía tropieza y cae desparramando otro puesto de bananas, los hinchas del Milan ríen, la señora blanca hace un gesto como de dónde-me-metí; the end. El etnocentrismo habla por nosotros, y, sí, en buena medida, no sabemos nada de Gambia, que parece una porción de un planeta llamado África relativamente cercano al nuestro, la Tierra. ¿Quién podría mencionar sin correr a Google el nombre de su presidente (Yahya Jammeh: corrí a Google), su capital (Banjul) o de qué vive el país —agricultura, sobre todo. Nadie sabe muy bien dónde queda en África (justo en la nuca), quién fue su dueño hasta hace no mucho (Inglaterra, cincuenta años) o si de allí surgió algún futbolista famoso (no). 

Pues bien, para grabar el estereotipo con mayor firmeza, esto es Gambia: 
—Gambia es tan pequeña que más que país parece una excusa o una decisión administrativa: algún nombre había que ponerle a las dos riberas de un río un poco ancho. 
—Tan corta y fina es que una sola carretera, en elipsis, une todo el territorio: al norte del río, North Bank Road; al sur, South Bank Road. 
—Senegal rodea al país de una manera tan absorbente que podría tragárselo nada más si Naciones Unidas mira para otro lado. 
—Desde el año 800 hay registros de la zona como un productor de un bien perdurable por siglos: esclavos. 
—Independiente de Gran Bretaña desde 1965, es uno de los países más pobres del mundo, con un tercio de sus habitantes viviendo de poco más que pan y agua —esclavos, de otro modo. 
—En Gambia, las mujeres aun evitan mirar a los ojos a un blanco para que no les nazca un condenado albino. A esas mismas mujeres les siguen mutilando el clítoris en las tribus y en las ciudades. (Los hombres, en tanto, tienen permiso para tener dos o más esposas.) 
—El presidente Jammeh prometió leyes tan restrictivas para tratar a los gays que las de Irán serían benévolas. Como es un amor de sujeto, los invitó a que dejen el país. Pronto. 

En ese olvido de nación, parieron en 1979 a Bakary “Papa” Gassama. El árbitro más famoso de Gambia es de Memmeh, una villa de mil habitantes en el oeste del país, cerca de un río viboreante, el Surunkku Bolong, que desemboca en el estuario del Gambia, alrededor del cual se armó su patria. Invisible de noche y delgadísimo —sus trajes parecen siempre quedarle anchos de hombros y torso—, Papa Gassama es conocido por ser un árbitro firme, justo y cauto para revolear tarjetas. Su cuerpo es tan recto y sus brazos tan finos que parece siempre a punto de quebrarse. Corre con elegancia y, a diferencia del terno, el uniforme le queda mejor que pintado. El ascenso de Papa Gassama en el referato internacional comenzó en la Copa Africana de Naciones de 2012, donde entró con muy pocos partidos dirigidos y salió considerado el mejor árbitro del torneo, sofisticado y atento, aun con errores. Por eso no fue novedad para nadie que, unos meses después, su nombre apareciese en la lista de pre-seleccionados por la FIFA para Brasil 2014 y que, de inmediato, fuese invitado a dirigir en los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Para 2013, al cabo, casi todos los partidos de alto nivel de África tenían a Papa Gassama como referí. Con un sentido del humor único, la prensa comenzó a llamarlo “el hombre de negro de África”. 

Todo acabó por explotar cuando la FIFA lo seleccionó para el Mundial. El buen Papa Gassama perdió su condición de árbitro civil para convertirse en ministro plenipotenciario de Gambia y, por añadidura, de África, ese planeta cercano al nuestro. El nombramiento mundialista de El Enviado Papa Gassama revistió carácter de Gran Evento Nacional por la muy simple razón de que Gambia es un país de futbolistas que nunca superaron su condición de eternos espectadores de banca. Excluido Senegal, ni Gambia ni sus vecinos —Mali, Guinea, Sahara Occidental, Sierra Leona, Mauritania— han participado jamás de un Mundial. Su fútbol ocupa el sótano de África: el jugador con más futuro es Saihou Gassama, un delantero del CD Sariñena de la Segunda B de España. Casi amateur, la selección duerme en el puesto 148 de la clasificación de la FIFA, superada hasta por los futbolistas-surfers que juegan en las playas de las Islas Maldivas. La mayor parte del tiempo, la selección de Gambia ni clasifica para la Copa Africana de Naciones y en mayo de 2014 fue excluida por dos años de toda competición internacional tras comprobarse que sus dirigentes falsificaron las edades de cinco jugadores del equipo nacional Sub-20. 

Por eso la elección de El Enviado Papa Gassama equivalió para Gambiar a ganar un pentacampeonato en un solo partido y alcanzó esas profundidades morales que ya no conmueven al cinismo de Occidente. La prensa, los fanáticos, las empresas —la nación, ese mundo a medida— se puso detrás para sostener la delgadez del referí de la patria. “El señor Gassama debiera estar alerta de que todos los ojos están sobre él, que las masas de fans del fútbol en Gambia lo apoyarán tanto como él permanezca compuesto y defienda sus principios”, publicó a inicios de 2014 un periódico de Banjul. “Los referís tienden a ser suaves con los actores clave y las superestrellas del balón, sin embargo, el señor Bakary Gassama le debe a Gambia, y a África en general, regresar de esa Copa como un juez más respetado”. 

El Enviado Paga Gassama se aplica a conciencia en su rol. Con el correo de FIFA en su mano, jugó todas las cartas que le garantizaban la paz interna: agradeció primero a su dios, luego a las plegarias de cada habitante de Gambia y, last but not least, al presidente Yahya Jammeh por todo —todito— su apoyo incuestionable. Las naciones africanas mantienen costumbres tribales y, cuando no y cuando sí, son hijas putativas de los hombres fuertes en el gobierno. Apenas hecha pública la noticia de su selección, El Enviado Papa Gassama fue prohijado por el gobierno de Jammeh. La vicepresidenta Aja Dr. Isatou Njie-Saidy lo llamó para transmitirle el orgullo del presidente por haber puesto una marca en la historia de Gambia y colocado el nombre del país en el mapa global. Informalmente, Jammeh nombró a Bakary Papa Gassana embajador de la nación. No precisó informar de nada a los dirigentes del fútbol local, porque, como en muchas naciones, en Gambia el deporte es propiedad de quien dirige el país, la economía y la vida. La Federación de Fútbol, de hecho, llama al presidente Jammeh el “santo patrono” del deporte y “líder moral” del balompié gambiano. Ante un semidiós, es comprensible que un hombre de fe como El Enviado Papa Gassama considerase importante ir a la casa del presidente antes de partir a Brasil, pues, informó, no podía dejar Gambia sin recibir la bendición de sus líderes. 

El Enviado Papa Gassama salió de aquella reunión iluminado. La entrevista con el presidente Jammeh —Yahya Alphonse Jemus Jebulai Jammeh, ancho, rapado, dueño del poder por el voto desde 1994— fue el momento más intenso de la vida del referí. El presidente contó a Bakary Papa Gassama que siguió su participación como cuarto árbitro en la final de 2012 donde México ganó el oro olímpico a Brasil, y el árbitro quedó impresionado porque, dijo, Jammeh está al tanto de todo y encima de todo. En la sala de su casa, el presidente omnipresente aconsejó a El Enviado Papa Gassama permanecer positivo haciendo lo correcto y jamás —jamás— temer a ningún individuo. Jammeh dijo que estaba orgulloso de su profesionalismo y equidad y que jamás —jamás— dejase a nadie influir en su vida. “El presidente me pidió que tenga la conciencia clara sobre cada cosa que hago”, dijo Papa Gassama a la prensa, “porque nosotros, como musulmanes, no podemos tomar nuestra integridad como un bien garantizado”. 

En 2009, Yahya Jammeh había pronosticado que Gambia clasificaría a Brasil 2014, pero el equipo, conocido como Los Escorpiones, quedó fuera de toda discusión. Con el nombramiento de FIFA, El Enviado Papa Gassama asumió que, cuando anticipó la clasificación para el Mundial, su presidente se refería, por supuesto, a él: “Conmigo como representante de Gambia, el presidente ha sido reivindicado”. Poco tiempo antes del inicio del Mundial en Brasil, Bakary Papa Gassama contó al referí Howard Webb sobre su reunión con el presidente Jammeh. El inglés —mejor árbitro del mundo en 2013 y único juez en pitar en un solo año las finales de la liga local, Champions y un Mundial— se rió, muy británicamente, haciendo apenas una mueca con la boca. No podía entender cómo podía hacer eso, pero El Enviado Papa Gassama no se dejó ganar por la burla y se llevó a Brasil la fotografía de su reunión privada con el presidente, un recuerdo imborrable que planeaba mostrar a todos los árbitros del mundo. “Lo único que podemos hacer por él es seguir orando por su larga vida y su bienestar”, dijo, y dejó claro que Gambia, esa cuña de nación en otro planeta, no es la película que nosotros, cínicos occidentales mal pensados, creemos.


Árbitro de Gambia en Brasil 2014.

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